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Archive for the ‘Elogios de la lectura’ Category

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El pasado 4 de febrero, Miguel Ángel Hernández publicó una columna titulada Un niño gordo que solo quería leer que nos ha parecido un GRAN elogio a la lectura y nos ha llevado directos a nuestra niñez, dónde la Fantasía vagaba libremente por nuestra imaginación.

Os dejamos aquí un extracto, podéis leerlo completo en El País.

QUERIDO BALTIAN BALTASAR BUX: Han pasado casi 30 años desde que leí por primera vez La historia interminable, pero todavía hoy soy capaz de evocar la agitación y el estremecimiento que sentí al llegar a casa y adentrarme en sus páginas, escondido bajo la colcha del sofá del salón. Yo también tenía 10 años, era un niño gordo que sólo quería leer, huía de algo —aunque en ese momento aún no tuviera claro exactamente de qué— y quería escapar hacia el mundo de los libros. Por eso entré sin dudarlo en la tienda del señor Koreander, robé contigo aquel libro de color cobre y páginas escritas en rojo y verde, y estuve a tu lado en el desván del colegio mientras te sumergías en el universo de Fantasía.

Yo fui tú, querido Bastian. Pero tú también fuiste yo. […]

Una última cosa: cuando leí con 10 años La historia interminable, todavía no sabía que los libros los escribían las personas. Lo único que me importaba era lo que había entre las páginas: las aventuras, las historias, los personajes. Tal vez por eso esta carta es para ti y no para Michael Ende. Porque en aquel momento tú eras lo único importante para mí. Bastian Baltasar Bux, no el autor que te había creado. El personaje, no el escritor. No podía imaginar en aquel entonces que, mucho tiempo después, yo llegaría a escribir algún libro y tendría la oportunidad de conocer el otro lado de Fantasía. Pero ésa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

Hernández, M.A. (4 de febrero de 2019). Un niño gordo que solo quería leer. El País. Recuperado de https://elpais.com/elpais/2019/02/04/eps/1549283143_583293.html

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Il. Quino

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Leer es muchísimo más importante que escribir. Puede que incluso que vivir. Navegar es lo importante. Lo digo muy en serio: si no fuera por la lectura probablemente a estas alturas ya estaría muerto. Eso sí, y en esto me mantengo inflexible: una cosa es leer como se lee el Marca y el Reader Digest en el aeropuerto o en la sala de espera de una consulta y otra muy distinta lo que yo llamo lectura, que es lo más parecido que existe a caminar permanentemente y probablemente haciendo eses por un acantilado, recorriendo el temblor, viviendo en el temblor, hablando de una vez y con coraje a solas.

Lucas Martín

Fuente original: Martín Rodrigo, I. (15 de septiembre de 2018). Lucas Martín: «Leer es muchísimo más importante que escribir, incluso que vivir». ABC. Recuperado de https://www.abc.es/

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Los libros son caros. Pero se puede también decir que los libros no son caros. Se puede decir que lo único caro del mundo son los libros. Todo lo demás es baratísimo. Los zapatos son baratos; la vivienda es barata; la barra de labios es muy barata. Todo barato. Sólo son caros los libros. Quienes critican normalmente son los que no leen. Y además encuentran en esta supuesta razón el argumento para decir que no leen. Sí, los libros son caros. Pero es que todo es caro. Y ¿por qué tienen los pobres libros que sufrir todos los días la monserga de que son caros? La verdad es que los libros no nacen, no caen del cielo como la lluvia. Se hacen. Se componen de papel, tinta, la sensibilidad de su autor, la competencia técnica del tipógrafo —si es que aún se llama así—, necesitan de un distribuidor, una librería. Y cualquiera de ellos ha de ganarse su salario. En este proceso sucesivo parece que todos tienen que estar bien pagados menos los que en primer lugar hacen los libros, o sea, los autores. Ésos no. Los autores deben vivir como misioneros del libro: sin comer, sin casa, sin caprichos, así los libros serán baratos. Pues bien, si los libros han de ser baratos y no lo son, ¿qué haremos?

Vamos a acabar de una vez por todas con esta fábula, aunque sea una fábula muy cierta, de que el libro es caro. La verdad es que quien dice que el libro es caro no dice que un coche es caro. Si uno no tiene dinero para comprarse un coche, va al banco para pedir un préstamo. Tampoco se dice que es cara la entrada para un concierto de rock. El libro cuesta lo que cuesta. Quizá pudiera ser un poco más barato. Quizá los distribuidores podrían decir, «Vamos a ganar un poco menos de dinero; vamos a racionalizar la distribución; vamos a hacer todo lo que sea posible para que el libro salga más barato». Incluso podría decirse, «¿Y por qué, en lugar de una tirada de tres o cuatro mil, no hacemos una de treinta o cincuenta mil ejemplares?». Cuantos más, más baratos. A fin de cuentas el precio lo deciden los lectores. El editor tiene su almacén, los libros entran y los libros salen, pero puede llegar un momento en el que los libros entren y no salgan. Y como cualquier empresa, la industria editorial ha de tener una rentabilidad. El destinatario de este negocio es el lector, los lectores, ¿dónde están los lectores? ¿Son muchos? ¿Son pocos? ¿Son bastantes?

Les voy a exponer una teoría que tengo sobre la lectura que no es muy popular, incluso podría decirse que no es políticamente correcta. Y es que la lectura no es obligatoria. Leer no es obligatorio. Puedo preguntarle a un chico, «Mira, ¿y tú por qué no lees?, ¿no te gusta leer?». Y él podrá decir, «No, no me gusta». Y yo le diré, «¿No te das cuenta de lo que te estás perdiendo?». Pero imaginemos que ese chico es un buceador y que me contesta, «¿Y usted no se da cuenta de lo que se está perdiendo por no bucear?». Y tiene razón. ¿Quiere esto decir que no debamos leer? No, no quiero decir eso. Lo que quiero decir es que no vale la pena que se inventen excusas, explicaciones, para algo que está muy claro desde que existe el libro. La lectura no es ninguna obligación. La lectura es una devoción, es una pasión, es un amor.

Cuando un lector no tiene medios para comprar un libro, ¿adonde puede ir? A una biblioteca. Ocurre con los libros algo que no sucede con los coches. Cuando quieres tener un coche, tienes que comprarlo, pero si quieres leer un libro, no necesitas comprarlo, luego la excusa de que el libro es caro no sirve. Claro, hay que ir a la biblioteca, hay que tener el suficiente tiempo disponible para ir a la biblioteca. Pero eso se puede remediar. No se necesita ir a la biblioteca todos los días. Acaso una vez a la semana, cada dos semanas, uno va y se lleva a casa los libros que quiera. Por tanto, quien quiere leer, lee.

Están también las librerías «de viejo», donde se pueden comprar libros extraordinarios por poco dinero. Por lo menos la mitad de mis libros fueron comprados en librerías «de viejo». Recomiendo que experimenten el placer que produce entrar en una de esas librerías, el olor del libro viejo, del papel amarillo, del polvo del tiempo… Y descubrir lo que se estaba buscando hace años y años. Un libro agotado del siglo XIX o del siglo XVIII, un autor que es sólo una manía nuestra, al que queremos y deseamos y al final encontramos, incluso en un libro nuevo el olor es una alegría relacionada con la sensualidad, con la sensibilidad del lector”.


José Saramago

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Poema de los dones de José Luis Borges

Este poema fue escrito por Borges cuando ya Director de la Biblioteca Nacional de Argentina perdió completamente la vista, al igual que pasó a su antecesor Gaussac, al que también nombra en este poema, pero aún así los dos pudieron disfrutar de la Biblioteca. Aquí os dejamos sus versos, que también podéis escuchar recitados por él en el vídeo.

Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.

 

De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden

 

las albas a su afán. En vano el día
les prodiga sus libros infinitos,
arduos como los arduos manuscritos
que perecieron en Alejandría.

 

De hambre y de sed (narra una historia griega)
muere un rey entre fuentes y jardines;
yo fatigo sin rumbo los confines
de esta alta y honda biblioteca ciega.

 

Enciclopedias, atlas, el Oriente
y el Occidente, siglos, dinastías,
símbolos, cosmos y cosmogonías
brindan los muros, pero inútilmente.

 

Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.

 

Algo, que ciertamente no se nombra
con la palabra azar, rige estas cosas;
otro ya recibió en otras borrosas
tardes los muchos libros y la sombra.

 

Al errar por las lentas galerías
suelo sentir con vago horror sagrado
que soy el otro, el muerto, que habrá dado
los mismos pasos en los mismos días.

 

¿Cuál de los dos escribe este poema
de un yo plural y de una sola sombra?
¿Qué importa la palabra que me nombra
si es indiviso y uno el anatema?

 

Groussac o Borges, miro este querido
mundo que se deforma y que se apaga
en una pálida ceniza vaga
que se parece al sueño y al olvido.

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Leer en el retrete, de Henry Miller, no es un ejercicio de escatología literaria, sino un libro sobre leer. A cualquier hora. En cualquier sitio.

En una de sus páginas se enumeran las cinco razones por las que la gente lee:

  1. para alejarnos de nosotros mismos
  2. para armarnos de peligros reales e imaginarios
  3. para mantenernos al nivel de nuestros vecinos o impresionarlos, que lo mismo
  4. para saber qué está pasando en el mundo
  5. para pasarlo bien, obtener un estímulo que nos permitirá una actividad mayor y más elevada y una existencia más rica

Durante cuatro años enteros, en mis idas y venidas a las oficinas de la Everlasting Portland Cement Co., leí los libros más sesudos. Leía de pie, apretujado entre viajeros como yo. Y durante aquellos viajes en la E1 no me limitaba a leer, llegaba a aprenderme de memoria largos fragmentos de aquellos libros tan, tan sesudos. Como mínimo, fue una práctica valiosa del arte de la concentración. En aquel trabajo solía quedarme hasta bien entrada la noche, a menudo sin haber comido y no porque quisiera aprovechar la hora del almuerzo para leer, sino porque no tenía con qué pagarme la comida. Por la tarde, en cuanto lograba zamparme algo, me largaba con mis amigos. Durante aquellos años, y muchos que vendrían después, no solía dormir más de cuatro o cinco horas por noche. Y sin embargo devoré un montón de lecturas. Además, repito, leí los libros que -al menos, para mí- resultaban más difíciles. No los fáciles. Nunca leía para matar el rato. Casi nunca leía en la cama, salvo que me encontrara mal o me diera por fingir una enfermedad para disfrutar de un corto asueto. Cuando miro hacia atrás me parece que siempre estaba leyendo en posturas incómodas. (Así es, según he descubierto, como escriben la mayoría de escritores y como pintan los pintores.) Pero la lectura lo impregnaba todo. La conclusión, si hace falta subrayarla, es que cuando me daba por leer lo hacía con toda la atención y ponía en el empeño todas mis facultades. Igual que si me daba por jugar.

De vez en cuando me iba por la tarde a leer a alguna biblioteca. Era como ocupar un asiento en el cielo. A menudo, al salir de la biblioteca me preguntaba: “¿Por qué no lo haces con más frecuencia?” La respuesta, claro, era que se me interponía la vida. A menudo hablamos de “la vida” cuando nos queremos referir al placer, o a cualquier distracción ligera.”

 

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